jueves 1 de octubre de 2009

PRESENTACIÓN DEL LIBRO ARMAR UN CUENTO


MARTES 24 DE NOVIEMBRE
19,30 HORAS
Centro Cultural Bernardino Rivadavia
Sala "F", 2do. Piso
San Martín 1080
Plaza Montenegro
ROSARIO
Santa Fe


Entrada libre y gratuita

domingo 9 de agosto de 2009

OTRA VEZ A ESCENA



POR LA GRANDÍSIMA CULPA
de Laura Massolo
DIRECCIÓN
Daniel Marcove
Domingos 20,30 hs.
La Manufactura Papelera
Bolívar 1582, San Telmo
Teléfono: 4307-9167



ELENCO POR ORDEN ALFABÉTICO
La que llora -María del Carmen Carou
El que ríe -Sebastián Fernández Zini
El cura -Rocco Gioia
Donata, La que vuelve a la vida -Anna Morrone
La actriz -Laura Palmucci
El condenado -Eduardo Partenio
El narrador -Raf Jnr
Mercedes, La mística -Melisa Vidal
El hombre del tren -Mario Zak



A Julio









jueves 6 de agosto de 2009

martes 14 de julio de 2009

LA OSCURIDAD Y EL RESPLANDOR o los contrastes en el cuento

Artículo publicado en http://www.premiosliterarios.com/
Ha germinado una idea luminosa. Y, manos al teclado, decidimos convertirla en un cuento.
En general, el cuento surge de una anécdota que acaban de contarnos, de una noticia de la radio, de una imagen instantánea, de un recuerdo que sobreviene.
O de una historia que ya leímos, alguna vez, hace mucho. Y que resulta fatalmente parecida a la que estamos a punto de narrar.
El teclado, que había empezado una sucesión de sonidos, comienza a enlentecerse ante la duda de una muy probable falta de originalidad.
Sin desestimar la posibilidad de que el acto creativo sea capaz de librarse de todo prejuicio, el cuentista conoce las limitaciones que supone este género: una estructura precisa, un lenguaje claro, una elección acertada del narrador, una coherencia interna. La teoría posmoderna insiste en convencernos de que no hacemos más que reescribir lo que ya se ha escrito. La irrupción de los medios visuales, la velocidad y la multiplicidad de la información se erigen como amenazas para el interés que podrá despertar la lectura.
Sabemos, por otro lado, que nuestro futuro lector seguirá pretendiendo el placer del entretenimiento y el encanto de la sorpresa, y que deberemos complacer tanto sus ansias de participar de manera activa en la historia como las de disfrutar de una narración capaz de informar algo nuevo. Y, con ese fin, será prudente obedecer a Poe y a otros grandes maestros del cuento, que señalan la necesidad de producir un efecto en el lector.
Sabemos, también, que la sugerencia excesiva puede ocasionar confusión o sustituir la intención narrativa por códigos herméticos e indescifrables.
Nos han dicho, hasta el cansancio, que, a causa del cansancio mismo, las descripciones resultan cargosas si no contribuyen a la atmósfera de la narración.
¿Cómo responder a tantas exigencias?
Ya, a esta altura de las consideraciones, el teclado se ha detenido. La idea inicial parece haber perdido todo su resplandor.
Y es, probablemente, este entorno de convenciones el que determina la parálisis: el conocimiento excesivo del género, la asociación inevitable con las figuras ya establecidas.
Por ejemplo, en el escenario de un cementerio, los sucesos suelen ser lúgubres, o terroríficos, o inquietantes; en una iglesia, son místicos, o secretos, o aluden a la paz o al milagro; en una ciudad, todo es vértigo y movimiento. En la primavera son factibles, dada la belleza del paisaje, la ensoñación y el romance. En el rigor del invierno se perfilan el abandono, las carencias, la tristeza. Un personaje con características siniestras genera hechos siniestros, deplorables, pecaminosos. Un niño no puede más que celebrar la ternura o la inocencia; una mujer hermosa, incitar al deseo.
Y volvemos al lugar común de que los árboles pierden las hojas en otoño y el otoño es metáfora de aquella etapa de la vida en que la juventud empieza a declinar. Así no habremos informado de nada nuevo.
Será conveniente, entonces, antes de reavivar el tecleo, situar la historia en un contexto paradojal: en el cementerio, bien puede ocurrir que una mujer dé a luz; el templo puede ser escenario de la hecatombe y la ciudad del misticismo; el invierno puede ser dulce y acogedor; la primavera, un trastorno de poluciones, una cadena de molestias. El personaje siniestro será, en todo caso, el bienhechor en una anagnórisis sorprendente y, tal vez, lo podamos enfrentar al niño perverso y hacer que la mujer bella transporte el estigma del rechazo.
La vida está hecha de relaciones y la tendencia natural del razonamiento es la búsqueda de la lógica. La literatura, en cambio, debe tender a la ruptura de toda lógica.
Nada vale la pena de ser contado si no sorprende. Y es lo paradojal lo que afianza la novedad de cualquier historia; es decir, todo aquello que produce un quiebre en el sentido común, todo aquello que desvirtúa la figura consabida del pensamiento y, por lo tanto, genera interés o conmoción.
En realidad, el interés de la literatura se centra en la paradoja. Y, para crearla, es suficiente con buscar tonos que, sin ser opuestos, puedan resultar contrastantes. La misma contraposición hará que cobren intensidad.
Orientándonos hacia búsqueda del efecto emocional, es válido reconocer que la ingenuidad, en contraposición con la injusticia, genera de inmediato un clima compasivo; el desvalimiento, la ignorancia, la marginalidad, ante algún hecho atroz, potencian la gravedad del suceso.
Cortázar mezcla pesadillas con tonos de fuerte sensualidad. Rulfo inserta la violencia en la melancolía y en el desamparo de sus personajes. Kafka no abandona el tono oficinesco durante el progreso de una horrenda metamorfosis.
Literatura es mezcla, combinación, antítesis, alarma.
Y ahora, a insertar aquella idea brillante en un contraste, o a insertar un contraste dentro de la idea.
Puede ser que del simple choque entre dos tonos surja el cuento. Puede tratarse, incluso, de contar algo terrible con un tono cálido o displicente; o algo muy tierno con un tono de furia.
El efecto emocional del lector estará logrado.
Un resplandor en la oscuridad, por supuesto, será mucho más luminoso.
(La segunda edición de Armar un cuento verá la luz en la segunda quincena de octubre de 2009)

miércoles 8 de abril de 2009

EL FLORERO ROTO Y LOS DRAGONES



A las nueve y media de la mañana me llaman por teléfono desde el Hospital Neuropsiquiátrico Doctor Lucas Vladimir Dabor para comunicarme el deceso de Bruno Rapelatti, autorizándome a que me haga cargo de sus restos mortales. Así, de esta forma, contundente e inesperada, entra a mi vida Bruno Rapelatti que, curiosamente, acaba de salirse de la suya propia. Trato de conectar con rapidez, apelando a mi mala memoria: Bruno Rapelatti es, o acaba de dejar de ser, un primo hermano de mi padre que desde tiempos remotos está internado por loco. Lo sé. Lo tengo mezclado en mis recuerdos infantiles, en comentarios de sobremesa, en el olor insoportable de la pipa del tío Elmer, en la alfombra de arabescos que se apolillaba frente a la chimenea inglesa de la casa de Banfield. Doy dos o tres respuestas monosilábicas, anoto un número en el margen de la primera hoja del diario, agradezco y corto. No logro asociar el parentesco con mi identidad, no sé cómo surge mi teléfono en esta nube de olvidos ancestrales, no sé qué tengo que ver en esta historia y mucho menos sé qué voy a hacer con los restos mortales de Bruno Rapelatti.

A las diez de la mañana, después de un gran esfuerzo por atenuar mi desconcierto, llamo a mi hermano. Patéticamente, mi hermano se ríe en lugar de darme alguna respuesta. Se ríe de que me hayan tirado un muerto desconocido. Se ríe de no tener la más mínima idea del asunto. Pese a que trato, obstinadamente, de que comparta el muerto conmigo, me contesta que al mediodía, cuando se desocupe, me va a llamar. Además, me sugiere que, para ganar tiempo, intente comunicarme con “alguien” de la familia de papá. ¿Con quién? ¿Con papá, por ejemplo? Está de luna de miel. Me imagino refiriendo esta situación como excusa para no hacerme cargo del tema y me siento ridícula. Me doy cuenta de lo extraño que me resulta concebir que mi padre esté de luna de miel en un tiempo de mi vida en que ni siquiera yo recuerdo haber pasado por la misma instancia. No puedo recurrir a papá. A la abuela tampoco, tiene noventa años y con todas las pérdidas que lleva sufridas esta noticia le significaría un dolor innecesario. Por suerte, tengo primos. No los veo a menudo pero, después de todo, tienen con Bruno Rapelatti el mismo lazo sanguíneo que yo. Busco en mi agenda y en la guía telefónica. Hay un Rapelatti. ¿Por qué no lo habrán llamado a él? Aparecen dos, tres, cuatro posibilidades de compartir mis dudas y mi inoportuno cadáver familiar.

A las doce del mediodía estoy exhausta. Me han bloqueado con contestadores impávidos y con números equivocados. Mi hermano no se desocupa y el muerto sigue siendo de mi exclusividad. Llegan mis hijos de la escuela, famélicos y alborotados. El borde del periódico está atestado de garabatos. Pido dos pizzas pero la comunicación se liga con un señor que dice llamarse Julio Rapelatti y no vender pizzas... ¿Habré marcado uno de todos estos números? ¿Habrá llamado él? Pero es Julio Rapelatti. Sí, sí, sí y sí. Julio Rapelatti, mi tan lejano primo que se acuerda de mi primera comunión y del velorio de mi abuelo y que está dispuesto a salvarme del embrollo. Con una voz dulce, cordial y masculina, promete su presencia inmediata en mi casa.

A la una y media de la tarde, después de haber comido pizza, peinarme un poco, menos mal, y cambiar mis alpargatas por un par de zapatos, veo estacionar un coche imponente. De él baja un hombre imponente de traje claro de corte impecable, cabello entrecano, aire displicente y sobre en mano. Julio Rapelatti entra a mi living envuelto en vahos de perfume de Free-Shop, sonrisa de blanquísimos dientes y espectacular bronceado. Para agravar mi turbación, me abraza, me aplasta contra su corbata de dragoncitos verdes sobre fondo beige y, cuando tomo distancia, un dragón gigantesco se ha adueñado de mi retina y de mis músculos. Floto. No tengo aire. A mi alrededor hay centellitas como las de Navidad y destellos multicolores. Julio saca del sobre fotos color sepia y desparrama su metro ochentaypico por mis sillones. Nos reímos de mis trenzas, de sus mofletes, de la barriga del tío Elmer, del bigote de la tía Delia. De su galera surgen personajes olvidados, muertos arcaicos, cumpleaños felices. Tomamos café. Me pregunta si estoy casada. No. Qué casualidad. El también es divorciado.

A las dos y media de la tarde llama mi hermano y no tengo más remedio que atenderlo. Me dice que se va a ocupar de las averiguaciones familiares. No sé qué más me dice. No me interesa demasiado.
El cuerpo de Bruno Rapelatti es una amenaza latente de descomposición biológica. A mí me resulta un milagro de transmutación sentimental.

Nos vamos. Durante toda la tarde peregrino con Julio por un mundo nuevo. Maneja sin concentrarse en el tránsito pero con admirable destreza. Camina rápido. Para que yo lo siga, me lleva de la muñeca. Todo lo ordena, todo lo sabe, todo lo dirige; impasible, íntegro, inmutable, perfumado. Mientras hace los arreglos en la funeraria me deja en el neuropsiquiátrico para que yo haga los trámites de rigor. Miro a los locos. Hay unos cuantos tan felices como yo. Firmo algún documento. No sé qué documento. Sigo con el dragón que hace bullir las aguas de mis cavidades femeninas.

A las cinco de la tarde sólo queda que trasladen al muerto a un velatorio. Dada la hora, no es posible sino enterrarlo a la mañana siguiente. Todo lo demás está arreglado. Llamo a casa y compruebo, con alivio, que mamá se hizo cargo de mis hijos. Voy a agradecérselo cuando me ataja con un reproche: “¿Qué tenés que estar metida vos en este lío que no te incumbe?”. Está alterada. Ella argumenta que es porque los chicos me rompieron un florero. “¡Vos adorabas ese florero!”, agrega con énfasis. Durante ese día mi memoria ha sido puesta a prueba tantas veces que ahora es incapaz de registrar al florero que yo adoraba. Decido que mamá está alterada desde que mi padre está de luna de miel. Le devuelvo el celular a Julio, que me mira con sus ojos medio grises medio azules. Lo apaga, definitivamente. A partir de ese momento, somos libres los dos, aunque yo me sienta la princesa secuestrada por el dragón. Además, todo sigue teniendo chispitas o llamaradas. En algún momento se me incendia la cara. En la ducha me sale humo. A él también.

No recuerdo a qué hora, llevándose todos mis suspiros concentrados en su corbata, Julio me deja en el velatorio de Bruno Rapelatti. No le he preguntado cuál es su parentesco con él. Adentro hay unas diez personas. Curiosamente, las conozco a todas, menos a la señora que llora tanto, allá sentada. Voy saludándolos efusivamente. Les cuento que papá está de luna de miel; lo cuento con alegría, todo me sale con alegría. Les hablo de Julio y de las fotos. Están Alcirita, Gustavo, Juan Manuel y tía Delia. Está Oswald, el hijo del tío Elmer, y están las mellizas. También está Marcelo. Y esta señora, que no habla con nadie. Falta mi hermano.

Me acerco a la capilla ardiente y miro a Bruno. En silencio, como si rezara en su memoria, le agradezco las horas brutales y desenfrenadas que acabo de pasar, precisamente en su memoria. Cuando me persigno me siento un poco procaz. Mi primo Marcelo me pone una mano en el hombro y me aconseja que no me preocupe, total, ninguno de los presentes había visto jamás al muerto. Para redondear el concepto, me acompaña a reunirme con los otros contándome un chiste subido de tono. Las risotadas y las voces altas van creciendo por el salón. Salvo la señora que sigue llorando en un rincón, estamos todos encantados con el reencuentro. Rehacemos la historia familiar, aportando distintos tonos y distintos pasajes. Nos prometemos un asado el próximo fin de semana.

A las doce de la noche llega mi hermano. Salgo a recibirlo para hacer las presentaciones pertinentes, seguramente se acuerda de los primos menos que yo. Pero él está consternado. Con cierta excitación, me cuenta que acaba de hablar con la abuela. Los otros se acercan a escucharlo. La abuela afirma que, en el año setenta, Bruno Rapelatti se escapó del manicomio y fue pisado por un colectivo. Alguien acota: “La abuela no está muy lúcida”, pero Alcirita levanta la mano y, a los grititos, revela que está segura de que esa muerte tuvo lugar el día en que ella cumplió los quince años. Oswald le da la razón, recordando que iba a acudir a esa fiesta disfrazado de gaitero escocés, y que su padre ni siquiera le dejó tocar la gaita en señal de duelo por su primo aplastado por el colectivo.
“¿Quién retiró el cadáver del manicomio?”, preguntan con tono acusador. Todas las miradas caen sobre mí. Me quedo muda. En bloque, nos acercamos al féretro, pero la pasividad del muerto no revela nada. Pienso que solamente Julio puede aclararnos algo de esto y salgo en busca de un teléfono. Le pido a mamá que se fije en los números anotados en el borde del diario. El diario no está. Mamá envolvió con él el florero roto. Nos queda, como esperanza de alguna referencia, la señora que llora mucho, pero tampoco está. Tía Delia nos comenta que, hace un rato, un señor de traje negro se la llevó explicándole que al marido lo velaban en la sala contigua.
Mis primos se ofrecen a investigar el problema por la mañana. A esa hora, ya no se puede hacer nada. De modo que tomamos un café y nos despedimos hasta el día siguiente. Antes de salir, miramos el cadáver, intuyendo que ya no está vinculado a la familia. Quizá, así, nos cuesta un poco menos dejarlo tan solo. Me resulta difícil pensar. Quiero irme a dormir. En el fondo, lamento no haber arreglado nada con Julio, sobre todo teniendo en cuenta que ya no habrá entierro.

A las nueve y media de la mañana me llaman por teléfono desde el Hospital Neuropsiquiátrico Doctor Lucas Vladimir Dabor para pedirme disculpas por el error cometido. Me informan que el muerto al que velamos ha sido entregado a sus verdaderos familiares y que cobraremos, a la brevedad, el reembolso de los gastos pertinentes. Es la misma voz monocorde del día anterior. No sé por qué, me irrito. Le digo al hombre que todo ha sido una negligencia imperdonable, que, de ninguna manera, es aceptable semejante confusión. El hombre acata mis críticas y me promete que, de ahora en más, pondrán sumo cuidado en la observación del paciente, procurando que no vuelva a escaparse. No sé de qué paciente me habla. Repentinamente, extraño el florero que ya no está en su lugar.


Son las once de las mañana y lo he comprendido todo.
Me dejan espiar por el visor de una puerta cerrada. No hay, siquiera, humo de dragón. Ahora veo solamente a un hombre dormido: es Julio Bruno Rapelatti, el hijo del primo de mi padre que yace bajo el efecto de una fuerte dosis de sedantes en una de las unidades del neuropsiquiátrico.
Mañana será trasladado a una dependencia policial hasta que, mediante un juicio, se pruebe que el homicidio de su compañero fue llevado a cabo bajo el estado de demencia y enajenación.
Si me preguntan si cuando muera quiero hacerme cargo de su cuerpo, voy a contestar que no. Pero sería capaz de pedirles que me avisen ni bien se haya escapado de nuevo.

Premio “Miguel de Unamuno” 2005, Salamanca, España

martes 7 de abril de 2009

SUJETO COMPUESTO



Como ha decidido ignorar los demás comentarios, las burlas, las lamentaciones, los consejos y hasta los gestos de conmiseración, prefiere asentar en un registro todo lo bueno que le dicen.
Por ejemplo, lo que le dijo, a principios de este año, la profesora de gimnasia en el vestuario: Mancussi, vos tenés las pantorrillas bien formadas.
Y durante toda la clase, cuando la clase terminó, y después, mientras iba caminando hasta su casa, cuando entró, y hasta que se plantó frente al espejo, siguió repitiendo: las pantorrillas bien formadas, las pantorrillas bien formadas, las pantorrillas bien formadas.
María del Rosario no tiene las pantorrillas bien formadas. Azucena Montes, tampoco. Tienen otras cosas, otras facciones; tienen cuellos largos y los hombros delgados, pero no tienen las pantorrillas bien formadas. Ni las manos tan lindas como las de ella, ni tan largas, ni tan blancas, ni tan bien cuidadas. Tal vez, ella tenga las manos más lindas de toda la división. Eso fue lo que dijo un día Franco.
Seguro que Franco no le dijo eso a nadie más. Seguro que las otras se murieron de envidia porque cualquiera desearía que Franco llegara a decirles algo así. Pero se lo dijo a ella sola. Se lo dijo una tarde, mientras estudiaban gramática en la cocina y ella escribía oraciones para practicar el análisis sintáctico.
La madre les estaba sirviendo un vaso de leche con chocolate. Lo escuchó y dijo:
Las heredó de mí, pero yo no soy tan cuidadosa.
Franco se puso colorado. Sin duda, no hubiera querido que la madre lo escuchara. A ella, en cambio, le dio algo parecido a la risa, una risa de ésas que no salen pero inflan algo adentro, de las que producen un temblor pequeño, raro, desconocido. Y, desde aquella tarde, cada vez que Franco venía a estudiar, se esmeraba por que las manos se le vieran bien, todo el tiempo.
Además, Franco ponderaba lo mucho que ella sabía de gramática, porque a él le costaba horrores pero, gracias a su ayuda, no se llevaba la materia como otros años. Más que nunca, era imprescindible prestar atención en clase, sacar ejercicios del libro, estudiar todo muy bien antes de que él llegara.
Seguro que también por eso las otras se morirían de envidia. Franco era el más lindo de la división y solamente a ella le tocaba el privilegio de tenerlo en su casa por las tardes.

Muchas veces le dijeron cosas importantes: que lo de afuera no es lo más valioso, que el día en que alguien la quisiera de veras no se iba a fijar en su cara sino en su dulzura, en su inteligencia, en su bondad.
Y en sus manos. Y en sus pantorrillas.
Por eso, cuando la profesora de gimnasia dijo lo de las pantorrillas, esa misma tarde, inventó una oración especial para Franco: Ella muestra unas hermosas y bien formadas pantorrillas. Sujeto, ella; objeto directo, hermosas y bien formadas pantorrillas. Núcleo verbal, muestra, presente indicativo del verbo mostrar.
Bien, Franco, bien. Muy bien el análisis y muy bien por mirarle las pantorrillas, como al descuido, porque ella se había puesto una pollera muy muy corta antes de que él llegara. Bien, Franco, muy bien.
Desde allí pudo iniciar otros avances, como rozar la mano de él con su mano blanca y cuidada, o llenarse de perfume, o poner una buena música de fondo, o inventar oraciones especiales. Sujeto compuesto: El hombre y la mujer; núcleo verbal, ruedan; circunstancial de lugar, en la cama.
Sobre todo, desde el momento en que la madre se iba al turno tarde del hospital y se quedaban solos.
Nadie tiene que saber.
No, Franco, no es sujeto tácito; el sujeto es nadie.
Absolutamente nadie.
Y el absoluto silencio de la casa, y la música, y, si querés, cuando terminamos los ejercicios nos fumamos un porro; total, mi vieja no viene hasta la noche. No importa si me duele, Franco. No tengo miedo. Vamos a mi dormitorio. Qué risa. Qué lindo. El hombre besó a la mujer toda la tarde. Núcleo verbal, besó; circunstancial de tiempo, toda la tarde. Sujeto, Franco. El hombre, Franco. El primer hombre. Ella y él hicieron el amor. El amor, objeto directo. El amor fue hecho por ella y por él.

Qué delicia la mañana que siguió a la primera vez. Pensar que todas esas gallinitas del colegio cacareaban alrededor de Franco mostrando los cuerpos perfectos, las caras bonitas, los movimientos estúpidos de la sensualidad, las frases tontas de la seducción, pero ella, solamente ella, se había acostado con él.
Qué ganas de decirlo a gritos. Qué ganas de reventar diciéndolo.
¿Ven, taradas, que lo de afuera no importa? ¿Ven, huequitas de porquería, que Franco se sacó un nueve en el examen gracias a mí, porque yo soy la más inteligente, la mejor alumna, la que se acuesta con él, la de las manos más lindas, la de las pantorrillas bien formadas? ¿Ven, idiotas, ustedes que dicen que soy fea, que no tengo cuello, que soy deforme, que no me voy a casar nunca?

Entonces dejó de importar el espejo que antes la torturaba. Dejó de lamentar que su madre lamentara que los cirujanos plásticos del hospital le hubieran dicho que la mandara a un psicólogo para que asumiera que su defecto físico no tenía solución; dejó de lamentar que la ropa de las tiendas le quedara chica de hombros, que el pelo no le cubriera el cuello que parecía una prolongación de la cara, que la cara diera la sensación de perderse en el cuello, que las comisuras y la boca se le cayeran hacia el cuello, que los pómulos fueran demasiado grandes, y todos esos detalles que había observado minuciosa y desesperadamente cada día de su vida.
Entonces decidió dejar de registrar las burlas y la compasión. Y las risas, y las diferencias. Hasta se olvidó de aquella conversación que escuchó sin querer entre su madre y una amiga:
¿Cómo se puede sentir, pobrecita, en este mundo donde se hace apología de la belleza, dónde todo pasa por la imagen, dónde valen tanto un buen culo y unas buenas tetas, hasta para conseguir trabajo? ¿Te das cuenta? ¿Qué chico se va a fijar en ella, si hasta se le ríen en la cara, si la señalan por la calle?

Ahora, a todas las ponderaciones que ha recogido afanosamente, a su inteligencia, a su aplicación, a sus excelentes calificaciones, a sus bonitas manos, a sus bien formadas pantorrillas, se suma el secreto de que el chico más lindo del colegio la prefiera por sobre todas las demás.
Y para acrecentar su inventario, hoy, la directora del colegio le dijo algo fantástico: Mancussi, tenés el promedio más alto; vas a llevar la bandera en la fiesta de fin de año.
Ya se imagina el momento del traspaso, cuando le pongan la banda celeste y blanca y todos aplaudan, y su madre llore de emoción entre el público, y Franco la mire desde abajo del escenario, con orgullo. Desde abajo, para verle bien las pantorrillas, para recordar en silencio las horas que pasan juntos en la cama, todos los permisos que ella le concede, todo el placer que ella le proporciona. Solamente ella. Ella, sujeto simple.
Mientras camina, piensa que es mejor acortar un poco más el uniforme para ese día. Y oye, a lo lejos, que alguien la llama. Se da vuelta y ve que Franco camina hacia ella. Qué lindo es Franco. Qué lindo. Ojalá los estén viendo las huequitas esas desde la salida del colegio.
Lo espera sonriendo. Como el sol del mediodía le da en la cara, siente que brilla, que tiene calor, que le salen luces.
No le va a decir nada todavía. Que sepa que es abanderada el mismo día de la fiesta, que se muera de la sorpresa.
Franco le hace una seña para que sigan caminando juntos. Le comenta que le quedó siete en lengua en el boletín, que muchas gracias, que los padres no lo pueden creer.
Ella le pregunta que cómo es que ya le dieron el boletín. Porque lo pidió, le dice él; porque se va, porque se mudan al sur, porque necesita el boletín para el colegio del sur; y que no, no va a estar en la fiesta de fin de año, que se quería despedir, darle las gracias y, en las manos hermosas, pone un paquete envuelto en papel de regalo.
Te lo manda mi mamá, le dice.
A ella casi no le salen las palabras. Las pantorrillas se le deforman contra las baldosas, las manos lindas se le contraen mientras rompen el papel del regalo. Es un espejo doble, de los que, de un lado, tienen aumento.
Se mira, horrenda, gigantesca, desolada.
Tenés los ojos muy tristes, Mancussi, pero muy lindos.
Sin querer, empieza a decir:
Vos, y yo…
Sujeto compuesto, contesta Franco y, en la esquina, la besa muy rápido en uno de los pómulos enormes y alargados.
Ella sigue caminando sola, rápido, con el espejo apretado contra el pecho, sin darse vuelta, sin volver a mirarse, porque, igual, se da cuenta de que el dolor y el desconcierto han estirado las comisuras, que la boca es una línea violácea en el mentón exagerado, que los orificios de la nariz se han dilatado súbitamente, que aquel aire de caricatura que la consternaba ya no existe, que la chica fea, ahora, es esta nueva especie de mujer.
Y entra, por fin, en la casa, firme, resuelta, sin dejar de recordar, intensamente, lo lindos que tiene los ojos.
Segundo Premio "Ciudad de Jerez", 2007
Mención de Honor Concurso Interamericano de Cuentos Avon

lunes 6 de abril de 2009

BLOW – UP, FLOPI


No sólo testigo, entienda. A mí también me tocó de cerca esta historia. Parte del negocio es mío, me asocié con Daniel Santana hace cuatro años, y con el hermano, con Joaquín, compartí otras afinidades toda la vida. De esta mujer ni siquiera sé el apellido. Flopi, en el libro dice Flopi; no sé si es un nombre artístico. Qué sé yo.
Joaquín Santana llegó a tener un sello editor serio. No importante, pero sí bastante conocido. Daniel se dedicó a la fotografía. Y hasta ese entonces, los dos se respetaban profesionalmente. Joaquín le mandaba trabajos a Daniel.
A ella la vi por primera vez una mañana. Vino sola.
Es para un desnudo, me dijo. Y lo dijo con tanta firmeza que adiviné que me hablaba, desde los ochenta kilos embutidos en el metro cincuenta, de un desnudo para ella. Por eso no le contesté. Por eso, ante mi silencio, creyó necesario agregar el resto: “Me manda Joaquín Santana; es para la solapa de mi libro.”
Había unas cuantas personas en el local. Las mañanas de principio de mes se atiborran de gente por las fotos para el documento. Así que le expliqué, brevemente, que mi socio no estaba, que las tomas en estudio eran a la tarde, y la cité a las ocho.
Ni bien salió, bamboleando la figura redonda y cortita, llamé a Joaquín Santana por teléfono.

Joaquín esperaba mi llamado, muerto de risa. “¿Vos viste eso?”, me preguntó casi ahogado. Después explicó que, por supuesto, la idea era de la mina, que debía ser psicótica y que, aparte, tenía una calentura mística descomunal. Me contó también de los poemas del libro que iba a publicar; las groserías, el tono obsceno que ella pretendía erótico. A mí me interesa la literatura. En cambio, a Daniel, el tema le importaba un pito. Cada chancho a su chiquero, le decía a Joaquín cuando opinaba de fotografía. La familia es la familia y los negocios son los negocios. Y yo hacía de puente. Con Daniel, tenía un buen laburo asegurado; con Joaquín, un vínculo interesante que a lo mejor, algún día, podía servirme para publicar un libro.

Joaquín hizo dos o tres cuentas de esas que rematan en bancarrota o catástrofe, admitiendo que se estaba rebajando por publicar la obra de este mamarracho. (Juro que fueron palabras de él: la llamó mamarracho). Después, me pidió que le deseara suerte a Daniel con las fotos, en medio de unas cuantas insinuaciones, siempre muerto de risa; y quedamos en que le mandábamos los contactos al día siguiente. “Si podés, me dijo, traémelos vos y tomamos un café. Hace mucho que no me río un rato largo”.

Yo, que estoy en el tema, sé que Joaquín ha editado autores de renombre. A veces, al estudio han llegado personajes raros; pero jamás vi un escritor desnudo, ni un poeta desnudo.
Realmente, lo de la gordita era insólito.

Me fui, como siempre, a eso de la una. Pero no le quise dejar anotado a Daniel este asunto. Lo esperé, nos cruzamos, se la describí. Se quería morir. Le dije que yo volvía a las siete. En realidad, no me quería perder la cara de Daniel cuando la viera. Él me suplicó que no entrara al estudio, para no tentarse.
La gordita vino media hora antes. Típico. Estaba ansiosa por sacarse todo.
Durante el tiempo que Daniel la hizo esperar en el local, Flopi leía una carpeta. Leía y movía los labios. Y tuve curiosidad por ver lo que leía. Me puso la carpeta en la nariz, me ordenó o me chilló que leyera los poemas, y desapareció en la trastienda porque Daniel acababa de llamarla.
Cuando abrí la primera página leí: “He orinado el desierto”. Era la única frase, en el centro. Después entendí que cada uno de esos renglones solitarios era un poema.
Los demás también eran así, minúsculos y cochinos, palabras inconexas donde siempre aparecía una vagina, una menstruación o una deposición adornada por el aliento de un ángel. El poema más largo tenía cuatro renglones. Me horrorizó pensar que mientras, allí adentro, Daniel presenciaba un streep-tease decadente, que la pollera violeta ya estaría colgando del respaldo de la silla y que, en ese mismo momento, un montón de carne fofa quedaba al descubierto.
Otro renglón decía: “pubispubispubispubis”, y allá, como si se hubiera caído una palabra, decía “orgasmo”.
La gordita se estaría sacando el corpiño cuando, en una de las páginas del final, mi asombro descubría una cruz hecha con sílabas. Voy a tratar de recordar, ahora, lo que decía. Creo que, casi textualmente, era así: te lo pi do ag ri to s, eso era el palo superior de la cruz. “Quemeclavesquemeclaves” así, todo junto, era el palo del medio. Y bajaba con ah ah ah ah, cuatro veces.
Cerré el libro y traté de escuchar. Me costaba creer que Joaquín fuera a publicar esa porquería. Me costaba creer que Daniel estuviera fotografiando a esa mujer. Y, como no escuché, no pude más y me asomé.
Fue terrible. Verla así, sudorosa, porque Daniel indicaba todas las piruetas imaginables; moviéndose con dificultad, medio enredada en un pedazo de terciopelo rojo, y yo pensando que se iba a rajar un pedo, y no sé si no pasó. Verla ahí, tan convencida, tan entregada, tan con la mirada fija en la lente o, a veces, con los ojos medio dados vuelta hacia el techo, medio en blanco, con las comisuras contraídas. Fue terrible. Uno de los laburos más extraños que vi en mi vida. El más pornográfico, porque mis sensaciones eran confusas; una mezcla de vergüenza ajena con placer, o admiración con asco, o vergüenza propia porque no me diera tanto asco. O, tal vez, lo que me consternó fue la actitud de Daniel, más profesional, más concentrado que nunca, casi obsesivo en cada pose, en cada disparo.

Para abreviar, al día siguiente le mandamos los contactos con el cadete. Estuve muy ocupado, ni siquiera llamé a Joaquín por teléfono. En realidad, no tenía ganas de darle más vueltas al asunto. Lo tomé como un laburo de Daniel y listo. Pensé que los dos hacían mal en prestarse a una situación tan ridícula, que ese libro era un desprestigio. Pero no era mi problema. A mí, lo único que me quedaba, como para quejarme un poco, era la derrota definitiva de mis fantasías sexuales con las mujeres rellenas.

Las tres copias que eligieron me parecieron buenas. Daniel las amplió y quedaron de primera. No sé por cuál de las tres se decidieron para el libro. Yo me olvidé del tema y a otra cosa.


Habrán pasado seis o siete meses. Mire, no me acuerdo. Lo que sé es que, durante ese tiempo, Daniel y Joaquín estuvieron distanciados. Tampoco me iba a meter en los asuntos de familia.

Una mañana, desde el cuarto oscuro escuché voces en el negocio y me pareció, realmente, que una era la voz de Joaquín Santana. Estaba con la gordita. La tenía abrazada.
Usted sabe: Joaquín era casado, casado con una mujer inteligente y linda; un matrimonio con dos o tres pibes adolescentes, una buena posición.
Venían por otras fotos para un nuevo libro. Esta vez, para la tapa. Ella explicó que, ahora, su cara era conocida, que con el éxito, que con los ejemplares vendidos.
Yo no entendía nada.
Tenés que leer estos poemas de Flopi, me decía Joaquín Santana con cara de enamorado; son espectaculares. Y la gordita, con la voz gordita, decía ay joaqui ay joaqui, mientras se moría de felicidad apoyando todo su volumen en el mostrador.

Seguramente, se trataba de algún delirio místico, poético, sensorial. Aunque yo, después de ver el pubis raído y rubicundo de la Flopi, con una línea sutil de vello que se perdía bajo el delantal del abdomen, no podía adherirme a la sentencia de que “tira más un pelo de concha...”
Lo extraño fue que el trabajo, esta vez, lo tenía que hacer yo. De Daniel, ni hablamos. Sin muchas explicaciones, me dieron la dirección de la nueva casa y me invitaron a cenar mientras ella, encantada con la situación, me explicaba que no iba a salir desnuda del todo porque le habían enseñado que las transparencias sugieren más.
Ahí entendí por qué Daniel estaba molesto con el hermano. Ahí entendí por qué no me había contado nada de todo esto. Como era mi socio, le tuve que decir que iba a tomar las fotos. Ni siquiera me contestó.

Hice unas pruebas de luz en el living. La gordita eligió despatarrarse en un canapé; quería una de cuerpo entero y un retrato para la contratapa. El canapé es de color dorado. Ella se puso una especie de túnica verde loro, por supuesto, transparente; y giró hacia todos los ángulos con los ojos turbios entre la grasa.

Nuevamente abrevio la historia: entregué el trabajo a Daniel, él me agradeció, bastante seco; volví a olvidarme del tema; evité preguntas. Me hubiera resultado violento hablar con Daniel del incordio de su hermano. Y, por otro lado, Daniel estaba tan fastidiado con el asunto que supuse que revelar las tomas iba a resultarle una tortura.

Pero una mañana, cuando pasé del local al estudio, vi que Daniel había colgado un mural de la gordita desnuda, una toma parecida a la del libro. Había sacado el mural de la vaca, que era mi preferido, para poner a Flopi, sesenta por noventa, en el plano más visible del estudio.
Qué sé yo por qué. Ya le dije: nunca les hice preguntas, a ninguno de los dos. Ni me hubieran contestado. Ni me dieron participación.
Flopi no vino más en los horarios en que yo estaba. Venía, sí que venía, de eso había huellas inconfundibles: faltaba papel, quedaba desorden, el cenicero estaba lleno de colillas de mentolados. Pero todo esto era después de las ocho, cuando yo ya no estaba en el local.

Y abreviando, otra vez, fueron los tiempos en que la gordita, totalmente multiplicada, empezó a brotar como una plaga. Los libros, los murales, una exposición en el centro - lamentablemente, una exposición anunciada también con mi nombre -; los contactos en el laboratorio, colgados, húmedos, secos, extendidos, enrollados.
La gordita reinaba, como una costumbre. Era notable el exceso de muestras de gordita desnuda por todas partes, llenando las piletas y los tendederos.

Daniel me confesó que había descubierto la armonía particular de las formas; me mostraba la cara, definida y al mismo tiempo tan suave; insistía en las curvas que aplastaban el terciopelo rojo. Y me dijo algo de la mirada, la mirada con un llamado salvaje. Después habló de que las manos redondas prometían subidas y bajadas del aliento, que el sudor que apenas se insinuaba con un brillo entre los pechos debía ser tan salado como profundo. Lo vi leyendo el libro, ése que yo había hojeado de mala gana el primer día. Me hizo notar la síntesis del reclamo de la hembra. Observó que el poema “He orinado el desierto” transmitía una sensación que sólo mirando a Flopi podía entenderse.

Me di cuenta de que la obsesión de Daniel crecía proporcionalmente a cierta furia de Joaquín, que llamaba y pretendía indagar, con indirectas, con recelo. Me convertí en una especie de filtro para las noticias.
Graciela, la mujer de Daniel, también llamaba más seguido al negocio. En alguna ocasión me pareció que tenía la voz quebrada, como si hubiera llorado. En alguna ocasión, Daniel, que había alterado sus horarios, me hizo señas para que le dijera que no podía atenderla. Ese fue un indicio claro, porque hasta ese entonces, Graciela y Daniel eran una pareja fantástica. Y Graciela trataba de averiguar cosas, datos, llegadas, salidas. Pero yo no me sentía cómplice porque, más allá de mis sospechas, una relación entre Daniel y el esperpento me parecía totalmente improbable; de modo que le contestaba lo que sabía y lo que veía, sin agregar detalles.
El fraude y la porquería amenazaban el equilibrio de mi sociedad con Daniel, aunque yo no fuera más que un testigo ocasional.

Anduve por las librerías. Pregunté por los libros de Santana: el segundo de la gordita no había salido. El primero, se vendía como pan caliente. Parece mentira, a la gente le gustaba la solapa con la autora en pelotas; los comentarios hablaban de la poeta más audaz del siglo. Usted mismo habrá visto esa revista que tenía la foto de Flopi en la tapa. Bueno, esa foto es de Daniel. Como trabajo, es sensacional. La gordita se convirtió en una sex-símbol y al cuerno con la literatura. Y al cuerno con la relación de los hermanos Santana.
Yo vi venir el desastre.
Pero no pude hacer nada. Esa premonición de lo inevitable, del desenfreno que, ante la presa, lleva a la fiera a dar el zarpazo, empezó a convertirse, casi, en una premeditación de los hechos. En algún momento hubo corridas, hubo gritos por teléfono, hubo salidas intempestivas de Daniel. En algún momento vi a Joaquín Santana en la esquina, adentro de su auto, como al acecho. En algún momento vino Graciela, furiosa, y se metió en el estudio y escuché que lloraba.
Para mí, fue una época difícil; tuve que trabajar el doble, disimular delante de los clientes, hacerme el boludo a cada rato cuando me tocaba atender el teléfono. El escándalo estaba ahí.
Y el enfrentamiento llegó. Y el enfrentamiento me aniquiló. Porque lo que me esperaba, esa madrugada, cuando ustedes me llamaron y me dijeron que me presentara lo antes posible, era un escenario siniestro: dos patrulleros, mucha gente, tres ambulancias sin apuro.
Usted se acordará: me hicieron entrar, tuve que mirar todo. Entienda: las cosas que estaban destruidas también eran mías. Claro que van a encontrar mis huellas; por supuesto. Así que no me jodan más, por favor. Es la última vez que declaro. Y si no aparecen pruebas, no es asunto mío. A lo mejor, digo, mi teoría, es que uno de los dos ahorcó a la mina y después se balearon entre ellos.
Lo del terciopelo rojo en mi casa, no sé. Es una casualidad.
Me lo habré llevado sin querer.
Mire, aquí lo traje.
Tiene un olor insoportable.
Es el olor de Flopi.

Primer Premio "Demetrio Cañizares", 2001





ENTRAR EN COMA


Clorinda dice que yo no tengo costumbres. Aunque me empeñe, es inútil que entienda que costumbre es sinónimo de rutina. Y que desecho la rutina a propósito.
Dice que nunca me levanto a la misma hora, que a veces me baño antes de desayunar; a veces, después del desayuno, y que, a veces, no me baño o no desayuno.
No obstante, jamás irrumpe en mi habitación como lo acaba de hacer, justo cuando estoy entrando a la ducha, sin llamar a la puerta, sin fijarse si Gonzalo está o no está conmigo en la cama, y con ojos de ternera desesperada me dice algo desesperante.
Es cierto que sonó el timbre. Lo escuché. Pero a esta hora de la mañana suele venir el loco de la cuadra a ofrecer servicios insólitos como barrer, a cambio de dos monedas, las hojas secas que tanto me gustan en la vereda; o el vendedor de ajos, que supone que en esta casa se come tanto ajo como pan, porque viene dos veces por semana; o el bombero voluntario que trata de convencerme de que, si compro una rifa, no sólo tendré garantizada la seguridad de que apagarán un incendio en dos minutos, sino también la felicidad de acceder a un premio fabuloso.
Señora, hay una mujer en la puerta.
¿Quién es?
Estela Valenti
Ya estoy empapada. Cabeza y cuerpo. Es increíble que el agua pueda suspenderse de golpe sobre la piel.
No puedo contestar. Clorinda acecha, con los mismos ojos desesperados de ternera.
¿Le digo que no está, señora?
Pienso. Como puedo, bajo el ruido del agua que cae sobre mis oídos, pienso. Pienso y no entiendo qué puede estar haciendo Estela Valenti en mi casa a las nueve de la mañana. O Julián se está muriendo o Estela Valenti se volvió loca. O se volvió loco él y, moribundo, o borracho, dijo verdades que nunca debió haber dicho; o Estela Valenti descubrió una verdad a destiempo, o alguien reveló algo disimulado por el olvido.
Julián se está muriendo. Es lo más probable.
Pensé muchas veces en esta posibilidad. En el desenlace. En mi nombre mezclado con el desenlace, como si la muerte y la verdad fueran capaces de amalgamarse para revivir el drama así, de golpe, después de años y años de silencio.
¿Le digo que no está, señora?
No, Clorinda, hacela pasar. Que me espere unos minutos.

Me pongo la bata de baño de Gonzalo, que me queda enorme, y enrosco mi pelo con una toalla. Pienso. Pienso todo lo impensable. Pero vuelvo a la idea de que Julián se está muriendo. O ya se murió.
Si se murió, seguramente, dejó algún mensaje para mí. Un mensaje que se presiente mucho más doloroso en boca de su propia mujer.
Cómo tuvo el coraje. Cómo pudo, pobre mujer. Siempre fue igual, siempre la maltrató, o con la mentira o con la verdad. Y siempre me maltrató a mí. No me importa que se haya muerto. No me duele.

No sé si es porque tengo la piel caliente por el agua o por los vasos dilatados o por el olor del jabón, pero me siento eufórica y radiante cuando camino hasta el living.
Ella está allí, con un pañuelo en la mano, estática, desarreglada.
Julián se está muriendo, la escucho decir.
Y nos quedamos frente a frente, en un silencio que recompone, en segundos, la historia de casi toda una vida.
No espera que la abrace. No le daría mis condolencias porque no me da pena lo que le pasa. Al contrario, con una inmediatez que me sorprende, la imagino liberada del peso de un matrimonio signado por la hipocresía, o de un marido hipócrita, que es lo mismo. Con la misma inmediatez, me fastidio por esta invasión, como si Estela Valenti se estuviera cobrando, con mi baño interrumpido, la deuda que ya pagué hace años.
Lacónicamente, me cuenta la enfermedad irreversible.
No me importa. No me importa el dolor, no me importa la muerte impiadosa, no me importa nada.
Lacónicamente, me explica que, en pocas horas, Julián puede entrar en coma. Tampoco me importa.
Lacónicamente, me dice que Julián no hace más que llamarme y que ha pedido verme.
Porque yo fui la mujer de su vida. Eso me dice la pobre.
Deja un papel con la dirección del sanatorio y se va.
No me importa. Pero la piel se me ha puesto fría.

Compruebo que, durante el tiempo en que Estela Valenti estuvo conversando conmigo, Clorinda no hizo otra cosa que pasar el plumero por los muebles de alrededor, innecesariamente, haciendo ruido, corriendo ceniceros o jarrones sin ningún sentido.
La miro y me mira, asustada. Tal vez cree que voy a retarla por la indiscreción. Pero yo la miro por otra cosa: la miro porque sé que ella comprende, en toda su dimensión, lo que me está pasando.
Si alguien puede contar la historia de mi vida, ésa es Clorinda. Ha estado conmigo desde siempre, y sabe. Sabe, por ejemplo, del dilema que se me plantea. Sabe de la inoportunidad de este acontecimiento. Que ahora soy feliz, que ya me olvidé, que todo aquello está enterrado, que la vida me devolvió, con Gonzalo y con el olvido, todo lo que ella me vio perder y llorar por tanto tiempo.
Antes de subordinarme a sus consejos sabios, le anuncio:
Voy a ir. Digas lo que digas, voy a ir.
Se da vuelta y se va, ofendida, enarbolando el plumero como si fuera la cresta de un gallo que no pudo cantar la madrugada.

No sé qué ponerme. Abro el ropero y revuelvo. Me siento ridícula por lo que estoy haciendo. Algo formal, pienso, algo sencillo; ni escotes ni nada suntuoso. Un conjunto de calle, sobrio pero elegante. Elegante, eso sí, porque los años no van a traicionar la imagen que Julián estará evocando en su agonía. Zapatos bajos. O botas. Y un pañuelo en el cuello.
Sigo revolviendo el ropero, sacando perchas, desordenando todos los rincones del dormitorio.
Mejor, zapatos de tacos altos, porque estilizan, y es cierto que ahora tengo unos kilos de más; que no se note. Qué absurdo. Qué importancia tiene. Julián se está muriendo. Qué importancia tiene.
Y escucho el grito de Clorinda:
Señora, ¡el lavarropa saca mucho humo!
Los ojos de ternera son dos cuencos que giran a velocidad centrífuga. Es cierto, hay olor a quemado.
Corro en dirección al lavadero, sosteniendo como puedo la bata que es lo único que me cubre el cuerpo. Clorinda corre conmigo, en paralelo, obstruyendo todas las salidas porque intenta pasar al mismo tiempo que yo. Llego a la nube de humo y trato de ubicar el cable que va a la pared. No hay fuego. Escucho que Clorinda abre las canillas y empieza a llenar un balde. Un ruido inconfundible delata que acaba de saltar el disyuntor.
¿Qué hacés, Clorinda? le pregunto con el cable ya en la mano. Ella me apunta con el balde, en posición de lanzamiento.
Le voy a echarle agua al lavarropa, señora.
Inimaginable el efecto del baldazo de agua sobre un electrodoméstico en cortocircuito. Me cuesta explicarle que ya no hace falta, que cuando pasan estas cosas hay que serenarse, tratar de razonar, que ya no hay peligro porque se cortó la luz y, además, el lavarropas está desenchufado. Pero Clorinda llora.
Es por culpa mía, señora. Le rompí el lavarropa, señora. Es por culpa mía.
Dice que no revisó los bolsillos y que, en un pantalón de Gonzalo, le parece, había muchos clavitos.
Es razonable. Imagino el desastre de los clavitos en el mecanismo del lavarropas. ¿Tantos clavitos?
Qué ternura me despierta Gonzalo. Él es así, se llena los bolsillos de cosas chiquitas, como un nene. Siempre está haciendo algo.
Pero es cierto que, miles de veces, le he dicho a Clorinda que revise los bolsillos. Miles de veces.
Bueno, ya está, no llores. Después llamo al técnico. Ahora me tengo que ir.
Ella no quiere que me vaya. Reiterárselo es castigar su negligencia. Llora más. La dejo vaciando el balde en la pileta y vuelvo a mi dormitorio.
Julián se está muriendo.

Finalmente, decido qué ponerme y pienso.
Julián no merece que vaya. No merece, siquiera, haber aparecido en mi vida con su muerte. Ahora, después de tantas anestesias, de tantas compensaciones, de tanta calma. Y menos merece que vaya cuando ha tenido el descaro de hacerme llamar por su propia esposa. Qué humillante, por favor. “Andá, decile que venga porque fue la mujer de mi vida”. Siempre con la mentira. Siempre. Y con las paradojas. Porque yo fui la mujer de su vida pero se quedó con Estela. Y la hizo sufrir, y me hizo sufrir.
Por eso llora Clorinda. No por el lavarropas. Ha provocado desastres mayores sin derramar una lágrima.
Llora porque, seguramente, tiene miedo de que, otra vez, me envuelvan los humos de la tragedia, las pastillas para calmar la ansiedad, las noches de insomnio, las guardias inútiles junto al teléfono.
Me tendría que quedar en casa, llamar al técnico del lavarropas, hacer la tarta que le gusta a Gonzalo para el almuerzo.
No sé si maquillarme o no maquillarme. Un poco. Base y corrector de ojeras, nada más, para tapar las arrugas. Y sin perfume. Ya no uso más el perfume que usaba entonces. Si lo tuviera, me lo pondría, a propósito, para que se muera oliendo el aire que lastimó tanto. Crápula.
No, no se piensa así de un moribundo. Era Clorinda la que lo llamaba crápula. Es rara esa palabra. ¿O era cretino?
Me pinto las pestañas, también. Y un poco de rubor. No tengo por qué parecer una vieja y, además, no voy a ningún velorio.
No iría al velorio. No corresponde. Tampoco quiero.
Voy, ahora, porque me lo vino a pedir esa pobre mujer.

Clorinda se asoma a la puerta de mi cuarto, llorando. Dice que se siente mal, si no tengo una aspirina porque le vinieron ganas de vomitar.
No entiende que las aspirinas no sirven para todo. Siempre lo mismo.
Es porque se hizo mala sangre. Siempre lo mismo.
Busco entre los medicamentos pero no sé qué darle. Mejor que se recueste unos minutos y trate de relajarse, como hago yo. Y que no cocine porque puedo ocuparme de hacer la tarta, se la dejo en el horno, ella lo apaga. Seguro que se le quema. No. Le pongo una música suave y voy a la cocina para picar la cebolla, rápido; la armo, la meto en el horno y, mientras me termino de arreglar, pienso, se cocina; porque a Clorinda se le quema, seguro. Está muy alterada por esto de Julián. En pocas horas puede entrar en coma. No sé dónde puse el papel con la dirección del sanatorio. No importa, lo conozco, no es muy lejos. Puedo preguntar el número de la habitación allí mismo.
No hay huevos.
Tengo que ir a comprar. Rápido. En pocas horas puede entrar en coma.
Clorinda ¿No viste las llaves del auto?
Me contesta que no, con una voz de ultratumba. Los órganos de Bach la tienen sumida en un sopor infranqueable. También está enojada porque voy a ver al crápula. ¿O era cretino? No, me parece que no era ninguna de esas dos palabras. No me acuerdo.
Sigo buscando las llaves y pienso. Tal vez estén bajo la pila de ropa que tiré sobre la cama. Y pienso. Cuánto dolor inútil, cuántas degradaciones. Por mucho tiempo creí que nunca iba a querer de esa manera. Pero el amor se gasta cuando es torturado por la mentira, por la indiferencia, por el desdén. En cambio, se alimenta cuando es correspondido, cuando es siembra y cosecha, cuando se recoge todas las mañanas de la almohada y se transporta entre las horas hasta que vuelve el sueño, hasta que suceden de nuevo los abrazos. Cuánto me costó recomponer mi vida. Porque sólo cuando uno se vuelve a equilibrar, y sale de las sombras, está listo para recibir o para buscar o para dar. Fueron muchos años de soledad, de escepticismo, de cerrar puertas. Hasta que las cicatrices dejaron de manar esos humores amargos, hasta que el resentimiento corrió la nube y dejó paso a una resignación tranquila y la resignación terminó la sutura prolija y consecuente.
Entonces pudo ser Gonzalo. Y todo lo que Gonzalo significa.
La sensación de júbilo se repite cada vez que lo pienso, como el primer día, intacta.
Además, es una cuestión de dignidad. Como decía mi analista. Por qué privarme de lo cierto, de lo simple, si en lo cierto y en lo simple, finalmente, estaba lo sublime.
Julián fue ese retorcimiento, ese laberinto, esa duda constante. Y por qué me tengo que estar acordando ahora de esas cosas y qué me importa si se muere o no se muere. Mejor que mi madre no llame porque Clorinda le cuenta, seguro que le cuenta, y quién aguanta los sermones. Claro, pobre mamá, tuvo que sostenerme tanto cuando me deprimí. Y mis amigas. La mato a Clorinda si le cuenta esto a alguien. La mato. Y a Gonzalo, que le diga que salí, nada más.
¿Qué le digo a Gonzalo?
¡Clorinda! ¡Me escondiste las llaves del auto!
Clorinda no confiesa pero se levanta, doblada, y se ofrece a ir a comprar los huevos, caminando y doblada. No lo puedo permitir.
Le ordeno que se acueste de nuevo y obedece sin protestar. Ya en posición horizontal, insiste:
Señora, no vaya; mire si después no se muere, mire si después
La dejo hablando sola.

Ya está: no hay huevos, no hay tarta. Puedo irme en taxi y comprar los huevos cuando salgo del sanatorio.
Redacto una notita: “Mi amor, Clorinda se siente mal y tuve que salir. En la heladera tenés dos salchichas. Te amo.”
A Gonzalo le voy a decir la verdad. Pero más tarde. Sé que va a entender. Prefiero decírselo yo y no que Clorinda lo reciba, ofuscada, diciéndole que me fui a ver al crápula o al cretino o no me acuerdo cómo era que lo llamaba. Seguro que mete la pata.

No sé si es la música de Bach o la precariedad de la comida que le dejo a Gonzalo pero, sin duda, lo que estoy sintiendo es angustia. Julián se muere. Dios mío. Cuánta historia sepultada, cuántos momentos que, inevitablemente, se reproducen ahora que se reproduce la angustia. Es curioso, pero también recuerdo momentos felices. Hubo momentos felices, no puedo negarlo. Y se muere. Fin. Se acaba. Se lleva con él una memoria profunda de mí. Al fin de cuentas, algo grande signifiqué en su vida. Al fin de cuentas, no deja de conmoverme que haya pedido por mí antes del último suspiro.
Es como lavar el rencor. No puede haber rencor en este momento. Empiezo a imaginarme que será doloroso verlo consumido, pálido, con dificultad para respirar. Fue, no puedo negarlo, un pasaje trascendente en mi vida. No el más trascendente, por supuesto; no el mejor. Eso lo puedo decir ahora. Pero tantas veces sentí que me moría, que me moría de veras. Si hasta me faltaba el aire.
Estoy llorando, qué idiota. Estoy llorando sentada sobre la pila de ropa que saqué. Para qué me habré pintado las pestañas. Ahora se corrió el rimel. Va a entrar en coma y yo aquí sentada. Mejor saco el disco de Bach. Mejor llamo a la farmacia para que me digan qué le puedo dar a Clorinda. Y me voy. Y listo.
Antes, tengo que ordenarle a Clorinda que no le diga nada a Gonzalo.
El equipo de audio no está funcionando. Claro, no hay luz. Qué extraño, todo el tiempo me pareció escuchar a Bach.

Clorinda no está. Se levantó, seguro, para ir a comprar los huevos. No entiende, no entiende. Jamás tuvo noción de la hora. Ya no puedo hacer la tarta. Me hace sentir culpable que se haya ido con ese dolor de estómago.
Mecánicamente, sigo buscando las llaves del auto. En el llavero de la cocina veo las llaves de Clorinda. ¿Cómo va a entrar esta mujer si se olvidó las llaves? ¿La tengo que esperar, también?
Mi cara es un desastre. Me saco todo el maquillaje con crema de limpieza. Así, a cara lavada; total, Julián apenas podrá verme.
Clorinda tarda mucho. La imagino sentada frente a una gallina, esperando que ponga media docena de huevos. El reloj de la cocina parece sacado del cine mudo, veo correr las agujas.
Se muere. Seguro que se muere antes de que yo llegue.
Hay una vecina en la puerta que dice que mi empleada se descompuso en el supermercado. Tengo que pedirle que me repita lo dicho.

La tienen sentada en un cuartito, al costado de las cajas. Llora, con los huevos en la mano. Un empleado, con cara de asco, me cuenta que la señora vomitó y perdió el conocimiento. Y que están esperando que llegue una ambulancia. Me opongo, pero el empleado, firme, recita algo de la responsabilidad sobre las personas físicas y la obligación de asistencia a los clientes. No tiene caso que le explique que Clorinda se desmaya cada vez que vomita, simplemente, porque vomitar la asusta.

Estoy viajando en una ambulancia, con la sirena penetrando las calles del mediodía. Gonzalo estará comiendo las salchichas, sin televisor, sin microondas. Tengo hambre y Clorinda llora, larga larga en la camilla.
Hubiera sido mejor Bach que la sirena. Ahora recuerdo que no desayuné. Claro, con la visita de Estela Valenti, como para desayunar. Cuando tengo el estómago vacío me baja la presión.
Me está bajando la presión.

Nos sacan a las dos de la ambulancia. No tengo cartera ni celular ni documentos ni un peso.
No sé por qué, alguien me dice que me acueste. Creo que estamos en una sala de guardia.
Otra persona, a la que veo en una nebulosa, me pregunta el número de teléfono de mi casa.
Gonzalo. Ahora va a venir Gonzalo. Pobre Gonzalo, comió dos salchichas roñosas y encima nos tiene a las dos internadas.
No sé si sueño que llega o llega de veras, pero siento el calorcito, me da besos, me hace cosquillas, me va despertando. Clorinda sonríe en otro plano de la sala, totalmente recompuesta.
Cuando estamos saliendo los tres del sanatorio, desde el hall principal se oye un “nooooooo” desgarrador.
Seguro que alguien murió, dice Gonzalo mientras nos empuja dentro de la puerta giratoria.
Salgo al aire tibio de la tarde pero Clorinda sigue girando dentro de la puerta y se mete de nuevo en el hall. Camina rápido, como si no hubiera tenido nunca el más mínimo malestar, y se pierde en un pasillo.
Vuelve enseguida, exultante, triunfadora. Hace girar la puerta con todo el vigor del mundo y, para explicar su actitud ante Gonzalo, finge que se había olvidado algo y nos muestra una bolsita de papel muy amarillo. Adentro están los huevos reventados. Después, se acerca a mi oído:
Ya está, señora. Se murió el pusilánime, nomás.
Pusilánime, ésa era la palabra. Ahora me acuerdo y me da risa. Rara esa palabra en el lenguaje de Clorinda. Gonzalo, por suerte, no pregunta nada. Ni se queja por las salchichas.
Sólo que, más tarde, ya en casa, escucho que le pregunta a Clorinda si no vio un frasquito lleno de clavos, unos clavos chiquitos. Clorinda dice que no, por supuesto. Y más tarde, cuando se baña, se pone la bata y encuentra un papel en el bolsillo.
Mirá, me dice, es la dirección del sanatorio.
Todo le parece normal, tan normal, como a mí me resultan el atardecer, el olor de la tarta en el horno, el fondo apacible de los órganos de Bach, las llaves de mi auto en el llavero de la cocina.


Tercer Premio "Villa de Colindres", 2008

OLOR DE CEBOLLA



La ventana está cerrada, digo, y con sólo decirlo compruebo lo intrascendente de la imagen: es una imagen vulgar, cotidiana, resabida; no comunica nada, no importa. Es una nimiedad, una prolija miseria que no deja ver desde el otro lado. (Hacia el otro lado, tampoco). La ventana está cerrada, digo, y alguien contesta:
Bueno.

En realidad, no debería pretender que interpreten, que estén atentos al hecho de que mi lenguaje quiere decir otra cosa, que es un lenguaje que ata lazos con eso que no digo. Y cuando nadie entiende, no puedo enojarme. Es un problema mío, absolutamente. Esta sensación de soledad tajante es mi patrimonio, mi responsabilidad, mi obra.
La ventana está cerrada, digo, y vuelven a contestar:
Sí.

Vino Marcelo.
Habló con todos.
Conmigo también habló.
Pero yo estaba metida en una cebolla que lloraba, en el aceite carbonizado, en no sé qué de la cocina y de la casa, mirando horas en el aire, en el humo. Habló conmigo pero no sé bien qué me dijo.
Tiró el aceite, puso uno nuevo, me secó los ojos, terminó por ofrecerse a hacer la comida.
Me dijo:
La ventana está cerrada.
Quise abrir la ventana para que se fuera el olor a quemado. Pero estaba trabada.

Hace muchos años compré cacerolas. No me acuerdo, creo que compré ocho, y a una, me la gané. Había que hacer una reunión en casa; vino una mujer, hizo una demostración. Mis amigas también compraron – en cuotas- y creo que comimos una tortilla o una torta dulce; y llegó Marcelo y me dijo que estaba loca, que las ollas eran carísimas, que a mí me vendían cualquier cosa, que esto, que aquello. Le expliqué cómo era lo de las cacerolas, le dije del ahorro, de la rapidez, del antiadherente, de las proteínas. Él hizo dos cálculos instantáneos, de esos, de los matemáticos, de los que le salen tan bien, y me demostró que, con la misma plata, hubiera podido comprar un bazar, una cena en Bahía, un colchón cero kilómetro, un secarropas, las cortinas, la mitad de las vacaciones.

La ventana está cerrada, digo, y alguien me contesta:
Ya sé.

Me cansé de perder, o declararme perdedora. Los detalles, ahora, no tienen importancia; basta con manifestar que las sensaciones eran muchas, siempre de opresión, de angustia; eso de la crítica, la desvalorización, el reproche. Una cosa como de humillación constante.
Y se disparó la dinamita. Dije basta.
Marcelo se fue. Hizo las valijas y se fue. Antes, trató de convencerme, claro. Pero se había juntado mucho explosivo en mi silencio.

Jamás usé las ollas como correspondía. Fuego mínimo, no: fuego al máximo; vapor, no: hervir como de costumbre; jabón blanco, no: detergente, igual que para todo.
Las ollas se arruinaron, dejaron de brillar, los chicos crecieron, fideos con manteca o milanesas, cuota alimentaria, nada de juicios ni de pleitos. Siempre nos respetamos bastante. Pero él tenía razón: las ollas eran caras. (Le di la sartén más chica y una cacerolita como para dos salchichas en la división de bienes. A mí no me servían)
Me quedé con la casa, con el colchón hundido, hundida en el colchón, muerta de miedo pero disimulando; disimulando también, la cuestión de la libertad y de las aventuras.
Me fue mal, muy mal. A vos te venden cualquier cosa decía Marcelo.
La ventana está cerrada, digo, y me contestan
Ufa.

La puerta, en cambio, quedó abierta; constantemente. Porque nos quisimos bastante, pese a todo, porque nos seguimos queriendo, de otra forma, con la forma del respeto, de la copaternidad, como decía mi analista, - tuve que ir a un analista, mucho tiempo- porque se nos ocurrió la idea de ser consecuentes con el pacto de traer hijos al mundo, y porque cada cosa, cada diente, cada boletín, cada resfrío, sirvió de excusa, de vehículo, de almohada, de noche en vela los dos juntos. Porque, a veces, Marcelo venía a la hora de la cena y yo le adivinaba el hambre de calor, de casa, de mesa, de risas de los chicos, y por ahí le ofrecía una comida rápida, jamás hecha en las ollas caras que ahora tenían las manijas rotas, y rayones, y el fondo antiadherente adherido al huevo y a la salsa. Pero igual era comida casa, casa comida; y sin pensar estábamos alrededor de aquel bochinche de la mesa, y contando historias como el primer egreso, el primer novio, la comunión, el yeso en el tobillo, la cara de susto en el examen, la cuota del colegio, las zapatillas rotas. El abismo.
La ventana está cerrada, digo.
Nadie me contesta. Se fastidian.

Uno no sabe cómo se dan las formas. Se arman, como dibujos; se pegan con plasticola o con engrudo, van deshaciendo fechas, sueños, estructuras.
Un día llegué y los chicos dijeron: Mamá, papá va a ser papá.
Creo que lo felicité con ganas. No me acuerdo.
Él confesó que hizo un cálculo matemático, pero le salió mal. Me dijo de la trampa o de la reja o del error. No sé. Pero se fue un poco más lejos, más triste, más confundido. Yo sabía que también se iba feliz.
La ventana está cerrada, dije. Fue una sentencia.

Conocí a Guillermo.
Papá, mamá tiene novio.
Mamá, papá viene a las nueve.
Papá, mamá salió.
Mamá, papá te dejó plata y un recibo.
Papá, mamá no está.
Mamá, papá dijo que quiere hablarte.
Papá, mamá no puede hablar con vos hasta el domingo.
Mamá, papá viene a buscarnos a las nueve.
La ventana está cerrada. La ventana está cerrada. La ventana está cerrada.

Uno no sabe cómo se deforman las cosas. Se desarman, como dibujos en el agua; se despegan con tiempo y con madurez, van deshaciendo rencores, daños, desvelos, estructuras.
Y como la puerta quedó abierta, Marcelo vino, ese día, por ejemplo, y tiró el aceite y me secó los ojos, y me dijo que abriera la ventana para que saliera el humo. (La ventana estaba trabada)
Después llegaba Guillermo, con las flores, con el olor de las lavandas, con el rumor de la noche. Con la condición de que los chicos ya durmieran, sin saber, sin participar, sin compartir. Con la imposición de que yo dividiera en dos los pasos.
Papá, mamá está triste.
Y la ventana está cerrada.

De repente nos miramos.
Dos de los chicos estaban frente al televisor, otro estudiaba, el otro no había llegado.
Me dijo: qué raro, esas ollas, al final, no eran tan malas, todavía las tenés, parece mentira.
Le dije: es cierto, pero están feas, todas rayadas, se pega todo. Al final, eran caras.
Me dijo: qué vida de mierda, Irene. Lo dijo mientras yo tiraba cebolla en el aceite, mientras crujía la cebolla, mientras los ojos me lloraban porque había aire de cebolla y porque tenía olor de cebolla en cada uña.
Claro. Qué vida de mierda.
Porque cuando Guillermo llegara a buscarme, de ninguna manera podría olerme ese tufo; porque, seguro, iba a fruncir la nariz cuando yo transpusiera la puerta de calle y dejara mis cosas, mis rayones, mis hijos, mis realidades; en definitiva, mi vida.
Porque cuando Marcelo se fuera a vivir su vida nueva, a mí no me quedaría otra cosa que tapar la cebolla con perfume.
Entonces llamé a Guillermo, puse cualquier excusa y cancelé la salida.
Mi vida es un olor de cebolla, Marcelo, le dije.
Abrí la ventana, me contestó.
¿Otra vez? ¿No te dije que se trabó hace mucho?
Y dale, no importa, abrila.
Pero estaba trabada.
Carajo, dije, no puedo.
Y vino él, sin ningún cálculo, y abrió con fuerza, solamente con fuerza de manos grandes, y alguno de los chicos se asomó y preguntó qué hay de comer esta noche y yo, no sé, estoy viendo, y la cebolla se quemaba.
¿Sabés qué pasa? Me dijo.
Y yo sabía.
Yo sabía que nunca nos habíamos abrazado llorando.
Se lo dije.
Y él lo estaba diciendo al mismo tiempo.
Y los dos dijimos sí con la cabeza.
Y con la ventana abierta, ahí, mientras se quemaba la cebolla, mientras se ponía negra como el carbón, como el pasado, como el atrás de la ventana, como la cara de Guillermo oliendo feo, ahí, nos abrazamos, llorando a gritos.

Uno no sabe cómo se dan las formas. Se arman, como dibujos; se pegan con plasticola o con engrudo, van formando otras fechas, otros sueños, otras estructuras. Se convierten. Se aprenden los perdones y los duelos, se asumen las roturas, se liman las aristas. Se adhieren paisajes nuevos a las ventanas, y otras esperanzas, y otros caminos. Se despegan los castigos inconscientes, se deshacen las torturas sin sentido.
Tal vez, por esa ventana abierta, recién abierta, después me llegaría otro perfume.

Esa noche, los chicos y yo comimos comida comprada.


Primer Premio “Nosotras y Ellos”

Asociación de Mujeres “El Carmen” de Ledesma
Salamanca, España
Año 2006