Clorinda dice que yo no tengo costumbres. Aunque me empeñe, es inútil que entienda que costumbre es sinónimo de rutina. Y que desecho la rutina a propósito.
Dice que nunca me levanto a la misma hora, que a veces me baño antes de desayunar; a veces, después del desayuno, y que, a veces, no me baño o no desayuno.
No obstante, jamás irrumpe en mi habitación como lo acaba de hacer, justo cuando estoy entrando a la ducha, sin llamar a la puerta, sin fijarse si Gonzalo está o no está conmigo en la cama, y con ojos de ternera desesperada me dice algo desesperante.
Es cierto que sonó el timbre. Lo escuché. Pero a esta hora de la mañana suele venir el loco de la cuadra a ofrecer servicios insólitos como barrer, a cambio de dos monedas, las hojas secas que tanto me gustan en la vereda; o el vendedor de ajos, que supone que en esta casa se come tanto ajo como pan, porque viene dos veces por semana; o el bombero voluntario que trata de convencerme de que, si compro una rifa, no sólo tendré garantizada la seguridad de que apagarán un incendio en dos minutos, sino también la felicidad de acceder a un premio fabuloso.
Señora, hay una mujer en la puerta.
¿Quién es?
Estela Valenti
Ya estoy empapada. Cabeza y cuerpo. Es increíble que el agua pueda suspenderse de golpe sobre la piel.
No puedo contestar. Clorinda acecha, con los mismos ojos desesperados de ternera.
¿Le digo que no está, señora?
Pienso. Como puedo, bajo el ruido del agua que cae sobre mis oídos, pienso. Pienso y no entiendo qué puede estar haciendo Estela Valenti en mi casa a las nueve de la mañana. O Julián se está muriendo o Estela Valenti se volvió loca. O se volvió loco él y, moribundo, o borracho, dijo verdades que nunca debió haber dicho; o Estela Valenti descubrió una verdad a destiempo, o alguien reveló algo disimulado por el olvido.
Julián se está muriendo. Es lo más probable.
Pensé muchas veces en esta posibilidad. En el desenlace. En mi nombre mezclado con el desenlace, como si la muerte y la verdad fueran capaces de amalgamarse para revivir el drama así, de golpe, después de años y años de silencio.
¿Le digo que no está, señora?
No, Clorinda, hacela pasar. Que me espere unos minutos.
Me pongo la bata de baño de Gonzalo, que me queda enorme, y enrosco mi pelo con una toalla. Pienso. Pienso todo lo impensable. Pero vuelvo a la idea de que Julián se está muriendo. O ya se murió.
Si se murió, seguramente, dejó algún mensaje para mí. Un mensaje que se presiente mucho más doloroso en boca de su propia mujer.
Cómo tuvo el coraje. Cómo pudo, pobre mujer. Siempre fue igual, siempre la maltrató, o con la mentira o con la verdad. Y siempre me maltrató a mí. No me importa que se haya muerto. No me duele.
No sé si es porque tengo la piel caliente por el agua o por los vasos dilatados o por el olor del jabón, pero me siento eufórica y radiante cuando camino hasta el living.
Ella está allí, con un pañuelo en la mano, estática, desarreglada.
Julián se está muriendo, la escucho decir.
Y nos quedamos frente a frente, en un silencio que recompone, en segundos, la historia de casi toda una vida.
No espera que la abrace. No le daría mis condolencias porque no me da pena lo que le pasa. Al contrario, con una inmediatez que me sorprende, la imagino liberada del peso de un matrimonio signado por la hipocresía, o de un marido hipócrita, que es lo mismo. Con la misma inmediatez, me fastidio por esta invasión, como si Estela Valenti se estuviera cobrando, con mi baño interrumpido, la deuda que ya pagué hace años.
Lacónicamente, me cuenta la enfermedad irreversible.
No me importa. No me importa el dolor, no me importa la muerte impiadosa, no me importa nada.
Lacónicamente, me explica que, en pocas horas, Julián puede entrar en coma. Tampoco me importa.
Lacónicamente, me dice que Julián no hace más que llamarme y que ha pedido verme.
Porque yo fui la mujer de su vida. Eso me dice la pobre.
Deja un papel con la dirección del sanatorio y se va.
No me importa. Pero la piel se me ha puesto fría.
Compruebo que, durante el tiempo en que Estela Valenti estuvo conversando conmigo, Clorinda no hizo otra cosa que pasar el plumero por los muebles de alrededor, innecesariamente, haciendo ruido, corriendo ceniceros o jarrones sin ningún sentido.
La miro y me mira, asustada. Tal vez cree que voy a retarla por la indiscreción. Pero yo la miro por otra cosa: la miro porque sé que ella comprende, en toda su dimensión, lo que me está pasando.
Si alguien puede contar la historia de mi vida, ésa es Clorinda. Ha estado conmigo desde siempre, y sabe. Sabe, por ejemplo, del dilema que se me plantea. Sabe de la inoportunidad de este acontecimiento. Que ahora soy feliz, que ya me olvidé, que todo aquello está enterrado, que la vida me devolvió, con Gonzalo y con el olvido, todo lo que ella me vio perder y llorar por tanto tiempo.
Antes de subordinarme a sus consejos sabios, le anuncio:
Voy a ir. Digas lo que digas, voy a ir.
Se da vuelta y se va, ofendida, enarbolando el plumero como si fuera la cresta de un gallo que no pudo cantar la madrugada.
No sé qué ponerme. Abro el ropero y revuelvo. Me siento ridícula por lo que estoy haciendo. Algo formal, pienso, algo sencillo; ni escotes ni nada suntuoso. Un conjunto de calle, sobrio pero elegante. Elegante, eso sí, porque los años no van a traicionar la imagen que Julián estará evocando en su agonía. Zapatos bajos. O botas. Y un pañuelo en el cuello.
Sigo revolviendo el ropero, sacando perchas, desordenando todos los rincones del dormitorio.
Mejor, zapatos de tacos altos, porque estilizan, y es cierto que ahora tengo unos kilos de más; que no se note. Qué absurdo. Qué importancia tiene. Julián se está muriendo. Qué importancia tiene.
Y escucho el grito de Clorinda:
Señora, ¡el lavarropa saca mucho humo!
Los ojos de ternera son dos cuencos que giran a velocidad centrífuga. Es cierto, hay olor a quemado.
Corro en dirección al lavadero, sosteniendo como puedo la bata que es lo único que me cubre el cuerpo. Clorinda corre conmigo, en paralelo, obstruyendo todas las salidas porque intenta pasar al mismo tiempo que yo. Llego a la nube de humo y trato de ubicar el cable que va a la pared. No hay fuego. Escucho que Clorinda abre las canillas y empieza a llenar un balde. Un ruido inconfundible delata que acaba de saltar el disyuntor.
¿Qué hacés, Clorinda? le pregunto con el cable ya en la mano. Ella me apunta con el balde, en posición de lanzamiento.
Le voy a echarle agua al lavarropa, señora.
Inimaginable el efecto del baldazo de agua sobre un electrodoméstico en cortocircuito. Me cuesta explicarle que ya no hace falta, que cuando pasan estas cosas hay que serenarse, tratar de razonar, que ya no hay peligro porque se cortó la luz y, además, el lavarropas está desenchufado. Pero Clorinda llora.
Es por culpa mía, señora. Le rompí el lavarropa, señora. Es por culpa mía.
Dice que no revisó los bolsillos y que, en un pantalón de Gonzalo, le parece, había muchos clavitos.
Es razonable. Imagino el desastre de los clavitos en el mecanismo del lavarropas. ¿Tantos clavitos?
Qué ternura me despierta Gonzalo. Él es así, se llena los bolsillos de cosas chiquitas, como un nene. Siempre está haciendo algo.
Pero es cierto que, miles de veces, le he dicho a Clorinda que revise los bolsillos. Miles de veces.
Bueno, ya está, no llores. Después llamo al técnico. Ahora me tengo que ir.
Ella no quiere que me vaya. Reiterárselo es castigar su negligencia. Llora más. La dejo vaciando el balde en la pileta y vuelvo a mi dormitorio.
Julián se está muriendo.
Finalmente, decido qué ponerme y pienso.
Julián no merece que vaya. No merece, siquiera, haber aparecido en mi vida con su muerte. Ahora, después de tantas anestesias, de tantas compensaciones, de tanta calma. Y menos merece que vaya cuando ha tenido el descaro de hacerme llamar por su propia esposa. Qué humillante, por favor. “Andá, decile que venga porque fue la mujer de mi vida”. Siempre con la mentira. Siempre. Y con las paradojas. Porque yo fui la mujer de su vida pero se quedó con Estela. Y la hizo sufrir, y me hizo sufrir.
Por eso llora Clorinda. No por el lavarropas. Ha provocado desastres mayores sin derramar una lágrima.
Llora porque, seguramente, tiene miedo de que, otra vez, me envuelvan los humos de la tragedia, las pastillas para calmar la ansiedad, las noches de insomnio, las guardias inútiles junto al teléfono.
Me tendría que quedar en casa, llamar al técnico del lavarropas, hacer la tarta que le gusta a Gonzalo para el almuerzo.
No sé si maquillarme o no maquillarme. Un poco. Base y corrector de ojeras, nada más, para tapar las arrugas. Y sin perfume. Ya no uso más el perfume que usaba entonces. Si lo tuviera, me lo pondría, a propósito, para que se muera oliendo el aire que lastimó tanto. Crápula.
No, no se piensa así de un moribundo. Era Clorinda la que lo llamaba crápula. Es rara esa palabra. ¿O era cretino?
Me pinto las pestañas, también. Y un poco de rubor. No tengo por qué parecer una vieja y, además, no voy a ningún velorio.
No iría al velorio. No corresponde. Tampoco quiero.
Voy, ahora, porque me lo vino a pedir esa pobre mujer.
Clorinda se asoma a la puerta de mi cuarto, llorando. Dice que se siente mal, si no tengo una aspirina porque le vinieron ganas de vomitar.
No entiende que las aspirinas no sirven para todo. Siempre lo mismo.
Es porque se hizo mala sangre. Siempre lo mismo.
Busco entre los medicamentos pero no sé qué darle. Mejor que se recueste unos minutos y trate de relajarse, como hago yo. Y que no cocine porque puedo ocuparme de hacer la tarta, se la dejo en el horno, ella lo apaga. Seguro que se le quema. No. Le pongo una música suave y voy a la cocina para picar la cebolla, rápido; la armo, la meto en el horno y, mientras me termino de arreglar, pienso, se cocina; porque a Clorinda se le quema, seguro. Está muy alterada por esto de Julián. En pocas horas puede entrar en coma. No sé dónde puse el papel con la dirección del sanatorio. No importa, lo conozco, no es muy lejos. Puedo preguntar el número de la habitación allí mismo.
No hay huevos.
Tengo que ir a comprar. Rápido. En pocas horas puede entrar en coma.
Clorinda ¿No viste las llaves del auto?
Me contesta que no, con una voz de ultratumba. Los órganos de Bach la tienen sumida en un sopor infranqueable. También está enojada porque voy a ver al crápula. ¿O era cretino? No, me parece que no era ninguna de esas dos palabras. No me acuerdo.
Sigo buscando las llaves y pienso. Tal vez estén bajo la pila de ropa que tiré sobre la cama. Y pienso. Cuánto dolor inútil, cuántas degradaciones. Por mucho tiempo creí que nunca iba a querer de esa manera. Pero el amor se gasta cuando es torturado por la mentira, por la indiferencia, por el desdén. En cambio, se alimenta cuando es correspondido, cuando es siembra y cosecha, cuando se recoge todas las mañanas de la almohada y se transporta entre las horas hasta que vuelve el sueño, hasta que suceden de nuevo los abrazos. Cuánto me costó recomponer mi vida. Porque sólo cuando uno se vuelve a equilibrar, y sale de las sombras, está listo para recibir o para buscar o para dar. Fueron muchos años de soledad, de escepticismo, de cerrar puertas. Hasta que las cicatrices dejaron de manar esos humores amargos, hasta que el resentimiento corrió la nube y dejó paso a una resignación tranquila y la resignación terminó la sutura prolija y consecuente.
Entonces pudo ser Gonzalo. Y todo lo que Gonzalo significa.
La sensación de júbilo se repite cada vez que lo pienso, como el primer día, intacta.
Además, es una cuestión de dignidad. Como decía mi analista. Por qué privarme de lo cierto, de lo simple, si en lo cierto y en lo simple, finalmente, estaba lo sublime.
Julián fue ese retorcimiento, ese laberinto, esa duda constante. Y por qué me tengo que estar acordando ahora de esas cosas y qué me importa si se muere o no se muere. Mejor que mi madre no llame porque Clorinda le cuenta, seguro que le cuenta, y quién aguanta los sermones. Claro, pobre mamá, tuvo que sostenerme tanto cuando me deprimí. Y mis amigas. La mato a Clorinda si le cuenta esto a alguien. La mato. Y a Gonzalo, que le diga que salí, nada más.
¿Qué le digo a Gonzalo?
¡Clorinda! ¡Me escondiste las llaves del auto!
Clorinda no confiesa pero se levanta, doblada, y se ofrece a ir a comprar los huevos, caminando y doblada. No lo puedo permitir.
Le ordeno que se acueste de nuevo y obedece sin protestar. Ya en posición horizontal, insiste:
Señora, no vaya; mire si después no se muere, mire si después
La dejo hablando sola.
Ya está: no hay huevos, no hay tarta. Puedo irme en taxi y comprar los huevos cuando salgo del sanatorio.
Redacto una notita: “Mi amor, Clorinda se siente mal y tuve que salir. En la heladera tenés dos salchichas. Te amo.”
A Gonzalo le voy a decir la verdad. Pero más tarde. Sé que va a entender. Prefiero decírselo yo y no que Clorinda lo reciba, ofuscada, diciéndole que me fui a ver al crápula o al cretino o no me acuerdo cómo era que lo llamaba. Seguro que mete la pata.
No sé si es la música de Bach o la precariedad de la comida que le dejo a Gonzalo pero, sin duda, lo que estoy sintiendo es angustia. Julián se muere. Dios mío. Cuánta historia sepultada, cuántos momentos que, inevitablemente, se reproducen ahora que se reproduce la angustia. Es curioso, pero también recuerdo momentos felices. Hubo momentos felices, no puedo negarlo. Y se muere. Fin. Se acaba. Se lleva con él una memoria profunda de mí. Al fin de cuentas, algo grande signifiqué en su vida. Al fin de cuentas, no deja de conmoverme que haya pedido por mí antes del último suspiro.
Es como lavar el rencor. No puede haber rencor en este momento. Empiezo a imaginarme que será doloroso verlo consumido, pálido, con dificultad para respirar. Fue, no puedo negarlo, un pasaje trascendente en mi vida. No el más trascendente, por supuesto; no el mejor. Eso lo puedo decir ahora. Pero tantas veces sentí que me moría, que me moría de veras. Si hasta me faltaba el aire.
Estoy llorando, qué idiota. Estoy llorando sentada sobre la pila de ropa que saqué. Para qué me habré pintado las pestañas. Ahora se corrió el rimel. Va a entrar en coma y yo aquí sentada. Mejor saco el disco de Bach. Mejor llamo a la farmacia para que me digan qué le puedo dar a Clorinda. Y me voy. Y listo.
Antes, tengo que ordenarle a Clorinda que no le diga nada a Gonzalo.
El equipo de audio no está funcionando. Claro, no hay luz. Qué extraño, todo el tiempo me pareció escuchar a Bach.
Clorinda no está. Se levantó, seguro, para ir a comprar los huevos. No entiende, no entiende. Jamás tuvo noción de la hora. Ya no puedo hacer la tarta. Me hace sentir culpable que se haya ido con ese dolor de estómago.
Mecánicamente, sigo buscando las llaves del auto. En el llavero de la cocina veo las llaves de Clorinda. ¿Cómo va a entrar esta mujer si se olvidó las llaves? ¿La tengo que esperar, también?
Mi cara es un desastre. Me saco todo el maquillaje con crema de limpieza. Así, a cara lavada; total, Julián apenas podrá verme.
Clorinda tarda mucho. La imagino sentada frente a una gallina, esperando que ponga media docena de huevos. El reloj de la cocina parece sacado del cine mudo, veo correr las agujas.
Se muere. Seguro que se muere antes de que yo llegue.
Hay una vecina en la puerta que dice que mi empleada se descompuso en el supermercado. Tengo que pedirle que me repita lo dicho.
La tienen sentada en un cuartito, al costado de las cajas. Llora, con los huevos en la mano. Un empleado, con cara de asco, me cuenta que la señora vomitó y perdió el conocimiento. Y que están esperando que llegue una ambulancia. Me opongo, pero el empleado, firme, recita algo de la responsabilidad sobre las personas físicas y la obligación de asistencia a los clientes. No tiene caso que le explique que Clorinda se desmaya cada vez que vomita, simplemente, porque vomitar la asusta.
Estoy viajando en una ambulancia, con la sirena penetrando las calles del mediodía. Gonzalo estará comiendo las salchichas, sin televisor, sin microondas. Tengo hambre y Clorinda llora, larga larga en la camilla.
Hubiera sido mejor Bach que la sirena. Ahora recuerdo que no desayuné. Claro, con la visita de Estela Valenti, como para desayunar. Cuando tengo el estómago vacío me baja la presión.
Me está bajando la presión.
Nos sacan a las dos de la ambulancia. No tengo cartera ni celular ni documentos ni un peso.
No sé por qué, alguien me dice que me acueste. Creo que estamos en una sala de guardia.
Otra persona, a la que veo en una nebulosa, me pregunta el número de teléfono de mi casa.
Gonzalo. Ahora va a venir Gonzalo. Pobre Gonzalo, comió dos salchichas roñosas y encima nos tiene a las dos internadas.
No sé si sueño que llega o llega de veras, pero siento el calorcito, me da besos, me hace cosquillas, me va despertando. Clorinda sonríe en otro plano de la sala, totalmente recompuesta.
Cuando estamos saliendo los tres del sanatorio, desde el hall principal se oye un “nooooooo” desgarrador.
Seguro que alguien murió, dice Gonzalo mientras nos empuja dentro de la puerta giratoria.
Salgo al aire tibio de la tarde pero Clorinda sigue girando dentro de la puerta y se mete de nuevo en el hall. Camina rápido, como si no hubiera tenido nunca el más mínimo malestar, y se pierde en un pasillo.
Vuelve enseguida, exultante, triunfadora. Hace girar la puerta con todo el vigor del mundo y, para explicar su actitud ante Gonzalo, finge que se había olvidado algo y nos muestra una bolsita de papel muy amarillo. Adentro están los huevos reventados. Después, se acerca a mi oído:
Ya está, señora. Se murió el pusilánime, nomás.
Pusilánime, ésa era la palabra. Ahora me acuerdo y me da risa. Rara esa palabra en el lenguaje de Clorinda. Gonzalo, por suerte, no pregunta nada. Ni se queja por las salchichas.
Sólo que, más tarde, ya en casa, escucho que le pregunta a Clorinda si no vio un frasquito lleno de clavos, unos clavos chiquitos. Clorinda dice que no, por supuesto. Y más tarde, cuando se baña, se pone la bata y encuentra un papel en el bolsillo.
Mirá, me dice, es la dirección del sanatorio.
Todo le parece normal, tan normal, como a mí me resultan el atardecer, el olor de la tarta en el horno, el fondo apacible de los órganos de Bach, las llaves de mi auto en el llavero de la cocina.
Tercer Premio "Villa de Colindres", 2008